Llevamos viniendo a Las Flores desde hace unos 20 años y siempre ha sido uno de esos chiringuitos de playa auténticos a los que apetece volver. Entiendo que los tiempos cambian y los negocios también. Ahora todo está más cuidado, el personal uniformado, una imagen más moderna y unos precios bastante más altos, con raciones que también nos han parecido más pequeñas. Aun así, se sigue comiendo bien y puedo entender esa evolución. Lo que sí creo que deberían replantearse seriamente es la música. No hace falta convertir todos los chiringuitos en un beach club. Ese “pum, pum, pum” constante y a un volumen excesivo acaba haciendo difícil mantener una conversación tranquila alrededor de una mesa y, al menos para nosotros, estropea buena parte del encanto del sitio. La música puede estar muy bien, incluso ese tipo de música, pero quizá a partir de determinada hora y, sobre todo, con alguien que sepa calibrar el volumen y entender el ambiente de cada momento. Igual que se cuida la cocina, el servicio o la decoración, también debería cuidarse el sonido. Las Flores tiene algo que muchos locales nuevos intentan conseguir y no pueden comprar: historia, personalidad y clientes que llevamos décadas volviendo. Sería una pena perder eso intentando parecerse a otros chiringuitos de moda. Seguiremos volviendo, pero ojalá podamos hacerlo sin tener que competir con la música para hablar con quienes tenemos sentados al lado.









































